El decadente eco del tiempo rebota en la habitación, mientras se resquebraja y se congela condenándote a la misma escena noche tras noche. Observas tus pálidas manos, claro signo del tortuoso recuerdo, y las interrogantes que antes te habías hecho nuevamente comienzan a surgir como susurros de las sombras.
Los fantasmas de tus recuerdos comienzan a surgir como vibrantes imágenes, llenas de color y sonido. Extiendes las manos anhelantes de su cuerpo, de su olor, pero cuando finalmente llegas hasta aquella imagen se disipa y desaparece como una ligera neblina que escapa entre tus dedos. La desesperación te embarga y notas como aquel fuego líquido te hiere la garganta y pugna por salir de tus ojos. Aprietas los puños aferrándote al aire, apretando los dientes; buscando una fuerza agotada, inexistente a la que te aferras con ferocidad temiendo perder tu mente, pero poco a poco se evapora aquel soporte invisible y te derrumbas en el suelo hastiado del amargo sabor de su ausencia.
Te cubres el rostro sintiendo una pesadez aplastante que te comprime y te deja sin aliento. El gélido fuego comienza a correr por tu rostro acompañado de inaudibles gimoteos que rompen el silencio que te rodea. “No fue suficiente” susurras con la voz rota e impregnada de melancolía. Ese pensamiento te ha torturado desde aquella llamada en medio de la noche; desde que viste su níveo rostro sumido en un eterno sueño. Y sabes que al irse tú también lo hiciste pero por alguna razón tu cuerpo quedó aprisionado en este lugar.
Observas con inferencia los vendajes que te cubren las muñecas, entonces te invaden las nauseas y un ligero temblor llega hasta la punta de tus dedos cuando comienzas a quitarlas. Nuevos recuerdos te invaden sofocándote, sumiéndote en la oscuridad que alguna vez estuvo a punto de tragarte y sonríes para tus adentros pues sabes que después de esta encontraras a quien anhelas.
Una risa histérica indica tu paso a la retorcida locura y cierras los ojos soñando con el reencuentro.
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