
Ya no hay sonidos, más que el latido de mi corazón.
Ya no hay olores, más que la delicada fragancia de sueños ya marchitos y nuevos que florecen.
Mi piel goza con la enigmática soledad que me rodea, ante la extraña sensación de ser ajena al mundo que me rodea.
Un exquisito sabor inunda mi boca manifiesto de la alegría de encontrarme conmigo, ante un ser tan desconocido como familiar, ante un reflejo que no muestra lo que los demás ven; lo que quieren ver...
Las cadenas que me ataban van desapareciendo como si fueran vago y amargo recuerdo, quedando únicamente de ellas un polvo que se dispersa como húmedas estrellas.
Un oscuro velo se poza ante mis ojos librándome de la cosidad y la melancolía que me ahogaba.
Soy libre.
Alas de renacimiento, de vida, de deseo. Deseo de experimentar cosas nuevas, de sentir realmente el mundo, de ser quien soy sin que me importe nadie más que mi propio ser.
Ideas, recuerdos, vivencias todas llegando hasta mi. Finalmente las espinas que alguna vez me hirieron han florecido sanando las heridas con sutil roce terso y grácil.
Finalmente puedo extender mis alas y volar, pero no será para huir sino para llegar al lugar que anhelo.
Por fin las manecillas se han detenido, haciendo que el cruel reloj que volvía confusa esta fantasía, caiga en pedazos volviéndose polvo que algún día reclamara mi final; sin embargo lo recibiré con los brazos abiertos dispuesta a ver lo que ocurrirá...






