
Suspiras y un frió hálito llega a mi cuello, haciendo que un escalofrío me recorra la espalda alojándose en mí estomago, provocando que de mis labios salga vertiginoso aliento.
Tus manos recorren mi cuello, mi espalda; acoplándose a cada comisura de mi cuerpo y como si estas dejaran un camino tus labios comienzan a esparcir tu olor en el con suaves caricias y curioso jugueteo.
Entonces, como si desde el comienzo hubieras buscado dicho resultado, tu palma se coloca en mi pecho para tranquilizar el desbocado palpitar de mi corazón. Avergonzada, sumo el rostro en tu pecho para evitar que observes el inevitable sonrojo, logrando únicamente enamorarme más de ti al percibir tu fragancia y escuchar aquel mismo latir, que me taladra los oídos, en el pecho del ser al que amo.
Tu boca comienza a besar mi cabello, bajando lentamente hasta encontrarse con la mía; titubeante, temblorosa, como las hojas danzantes de un árbol a recibir el dulce roce del viento, poco a poco nos volvemos uno entre las manos tibias que recorren ansiosas el ser que veneran
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