
Sutil suspiro que penetra en mí envolviéndose en mi corazón, cuan enigmática nebulosa, que me oprime haciéndome perder el aliento, llevándome en un espiral de confusión y ambigüedad atormentadora, exquisita... Tus suaves labios contra los míos, tibios y dulces, como el veneno que llevan consigo. Muerte efímera que me despoja poco a poco del ahora borroso recuerdo que alguna vez fue tuyo, convirtiéndolo en ríos salados que recorren la mortecina palidez de mi piel.
Gélidas manos que sostienen mi lánguido cuerpo contra el tuyo; cuerpo palpitante, vigorizante, arrebatador.
Delicado aliento que se ha vuelto mi aire, mi necesidad.
Cruel espejo que me refleja día a día con tortuosa indiferencia y oscuro manifiesto.
Óbito gradual como fuego que me consume profiriendo lamentos al lamer las heridas encontradas, volviéndolas espantosas sombras de arrepentimiento y desasosiego.
Lacerante desconsuelo al que me he visto sometida por tu indolencia hacia mí, convirtiendo en deleitosa solución vehemente el amañado ósculo que de ti recibo
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